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Ver al Resucitado: La Fe de María Magdalena Hoy

Ver al Resucitado: La Fe de María Magdalena Hoy

Querido hermano, querida hermana de DeBuenaFe,

La alegría de la Pascua aún resuena en nuestros corazones. Hemos celebrado la victoria de la vida sobre la muerte, la luz que disipa toda oscuridad. Sin embargo, en medio de esta euforia, el Evangelio de hoy, martes 7 de abril de 2026, nos invita a detenernos en un encuentro íntimo y profundamente humano, el de María Magdalena con el Señor resucitado. Su experiencia nos ofrece una clave para vivir nuestra propia fe en este tiempo pascual.

Imagina la escena: es la mañana del primer día de la semana. María Magdalena ha ido al sepulcro y lo ha encontrado vacío. Su corazón está desgarrado por el dolor, la confusión y la pérdida. Ha corrido a avisar a Pedro y al otro discípulo, quienes han comprobado el hecho y se han marchado. Pero María se queda. Su amor y su pena son tan grandes que no puede irse. Permanece llorando junto al sepulcro vacío, buscando a su Maestro, su Señor, aquel que le había devuelto la dignidad y la esperanza.

Es en ese momento de desolación, de búsqueda incansable, donde se produce el milagro, la revelación. El Evangelio de Juan nos lo relata con una ternura conmovedora:

Dicho esto, se volvió y vio a Jesús de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el jardinero, le dijo: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella se volvió y le dijo en hebreo: «¡Rabbuní!» –que significa «Maestro»–. Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Pero ve a mis hermanos y diles: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”». María Magdalena fue y anunció a los discípulos: «¡He visto al Señor!» y les contó lo que él le había dicho. (Juan 20, 14-18)

Del llanto a la misión: la transformación de María

Este pasaje es una lección magistral para cada uno de nosotros. María, al principio, no reconoce a Jesús. Lo confunde con el jardinero. ¿Cuántas veces en nuestra propia vida Jesús está presente, a nuestro lado, y no logramos reconocerlo? Lo buscamos en los grandes acontecimientos, en las señales extraordinarias, y quizás Él se nos presenta en lo cotidiano, en la voz de un amigo, en un gesto de amor, en la belleza de la creación, o incluso en el silencio de nuestra oración.

La clave de la transformación de María es ese simple pero poderoso «¡María!». Una sola palabra, pronunciada con amor, con autoridad, con la familiaridad de quien conoce su corazón. Al escuchar su nombre, María comprende. Se da cuenta de que no es un extraño, sino su amado Maestro, que ha vencido a la muerte. Es un encuentro personal, íntimo, que la saca de su llanto y la catapulta a una nueva realidad.

Y aquí viene la segunda gran enseñanza: Jesús le dice «No me retengas… ve a mis hermanos y diles». María quería aferrarse a ese momento de alegría, a la presencia física de su Señor. Pero Jesús la invita a ir más allá, a no quedarse en la experiencia personal, por profunda que sea, sino a compartirla. La convierte en la «apóstol de los apóstoles», la primera mensajera de la Resurrección.

Tu llamado a reconocer y proclamar

¿Qué significa esto para ti hoy, 7 de abril de 2026?

  1. No te canses de buscar: Como María, a veces te sentirás perdido, confundido, llorando por lo que crees haber perdido. No te rindas. Sigue buscando a Jesús con un corazón sincero y persistente. Él se manifestará.
  2. Aprende a reconocerlo en lo ordinario: Jesús no siempre se presenta como esperamos. Quizás está en la paciencia de un ser querido, en el desafío de una tarea difícil, en la oportunidad de servir. Pide al Espíritu Santo que abra tus ojos y tu corazón para reconocerlo en los «jardineros» de tu vida diaria.
  3. Escucha su voz que te llama por tu nombre: En medio del ruido del mundo, ¿puedes escuchar a Jesús pronunciar tu nombre? Él te conoce, te ama y te llama a una relación personal y profunda. Esa es la chispa que enciende la fe y la esperanza.
  4. Sé un testigo de la Resurrección: Una vez que lo has reconocido, no puedes guardártelo. La alegría del encuentro con el Resucitado te impulsa a compartirlo. En tu familia, en tu trabajo, en tus redes sociales, ¿cómo puedes anunciar que «¡Has visto al Señor!»? No se trata de grandes discursos, sino de un testimonio de vida, de esperanza, de amor que brota de saber que Él vive.

Que en este tiempo de Pascua, la figura de María Magdalena te inspire a pasar del llanto a la alegría, de la búsqueda a la certeza, y de la experiencia personal a la misión. Que tu vida sea un eco vibrante de la buena noticia: ¡Cristo ha resucitado, y camina contigo!

Amado Jesús resucitado, te pedimos la gracia de tener la misma fe y perseverancia de María Magdalena. Que nuestros ojos, a veces cegados por el dolor o la rutina, puedan reconocerte en cada momento de nuestra vida. Concédenos la valentía de ser tus testigos, proclamando con alegría que Tú estás vivo y caminas con nosotros. Amén.

Fuentes

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