En Lourdes, encuentro privado del Papa con los obispos franceses. La invitación es a ser una voz profética en un Occidente marcado por «una inquietante polarización, un declive de la fraternidad, de la cordialidad y de la calidad de la vida social, así como un recrudecimiento de la violencia, las desigualdades y la pobreza».
Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano
Bajo el signo de la amorosa confianza depositada en la Madre de Dios y en la Iglesia, en el hemiciclo «Sainte-Bernadette» del santuario de Nuestra Señora de Lourdes, el extenso discurso de León pronunciado durante el encuentro privado con la Conferencia Episcopal Francesa constituye la explicación más amplia del lema del viaje apostólico al otro lado de los Alpes. En una tierra que ha dado un impulso muy fuerte a la «maduración irreversible de la conciencia del valor inalienable de la persona humana», al florecimiento de santos y a un «formidable» impulso misionero, no se puede ceder al cansancio ni a la resignación. El Papa lo subraya en la primera cita de la tercera jornada de su viaje apostólico a Francia, tras detenerse unos instantes ante la fotografía de una escultura —inaugurada en noviembre de 2021— que representa a un niño llorando, símbolo de los abusos cometidos por el clero contra menores. Tema sobre el que, como era de esperar, el Papa se ha pronunciado confirmando el criterio de la «máxima vigilancia».
El canto coral al Espíritu Santo, al comienzo del encuentro a puerta cerrada, da paso al saludo del presidente de la Conferencia Episcopal, el cardenal Jean-Marc Aveline, quien ofrece un panorama más que exhaustivo de la situación actual de la Iglesia en el país, hasta tal punto que, tras sus palabras, el Papa se deja llevar y dice de improviso: «¡El presidente lo ha dicho todo! ¡No hay que hablar!». En cambio, lee íntegramente el texto preparado, animando a los obispos a que, en todos los ámbitos de la vida social, «defendan la libertad y el derecho de la Iglesia a evangelizar» en un mundo cada vez más marcado por «una inquietante polarización» y por «un declive de la fraternidad». Y mientras miles de personas enfermas, con discapacidad, acompañantes y agentes pastorales se han reunido desde el amanecer para participar en la misa dominical en la Pradera del Santuario, el Sucesor de Pedro subraya a los obispos que volver a partir de la profundización en la vida de fe dentro de las familias es una de las claves para «resolver muchas de las crisis que la Iglesia y nuestras sociedades están atravesando», incluida la del descenso de las vocaciones a la vida consagrada.
Reconocer los errores con amor a la Verdad
El agradecimiento del Pontífice a los pastores de la Iglesia en Francia es especialmente sincero cuando evoca algunos momentos «muy difíciles» vividos por la Conferencia Episcopal local. Habla del «doloroso flagelo de los abusos a menores cometidos por miembros del clero o en el contexto eclesial» y reconoce las medidas adoptadas para fomentar una cultura de prevención y protección «contra estos delitos»; al mismo tiempo, señala que el camino de la escucha, la búsqueda de la verdad, la justicia, el perdón y la reparación es el camino correcto por el que hay que seguir.
«Es necesario continuar por el camino emprendido, manteniendo la máxima vigilancia»
«Levantaos, pues, con esperanza —invita el Papa— y no os canséis nunca de anunciar el Evangelio».
[…] Os exhorto, queridos hermanos, a dar muestras de valentía, audacia y creatividad misionera. No os dejéis desanimar por los errores, las incoherencias, ni siquiera por las caídas que han marcado la historia de este pueblo en camino. Tened siempre el valor de reconocer los errores con amor a la Verdad y determinación para curar las heridas con la caridad del Buen Pastor, que conoce a sus ovejas y llama a cada una por su nombre.
La voz de la Iglesia siempre es esperada y necesaria
El énfasis que pone el Papa en la contribución de la Iglesia a la construcción de la nación sirve para precisar que la autoridad profética no puede ser silenciada:
Por eso su voz tiene pleno derecho a estar presente en el debate público en Francia; posee, por su propia naturaleza, una autoridad profética. Aunque no siempre se la comprenda, se la espera de todos modos. Aunque no siemprese le siga, especialmente en cuestiones esenciales que tocan los fundamentos de la civilización, no obstante es necesaria; ¡no lo dudéis!
Libertad de culto
León XIV se detiene, como ha hecho desde su primer discurso ante las autoridades del país, en el «contexto de laicidad muy particular, fruto de una historia turbulenta, hoy pacificada, pero que debe permitir a la Iglesia cumplir su misión». Consciente del delicado equilibrio en el que se inscribe el papel del anuncio evangélico, el Papa insiste:
Os invito a estar atentos para defender la libertad y el derecho de la Iglesia a evangelizar, a educar en la verdadera libertad y a practicar públicamente el culto, para que, de manera visible, se pueda ejercer la caridad en nombre de Jesucristo.
Polarización inquietante y declive de la fraternidad
La renovación de la Iglesia en Francia pasa por la reapropiación del patrimonio de la fe por parte de los bautizados. Es el requisito previo para relanzar, sin timidez, la contribución a la concordia, más necesaria que nunca en estos tiempos.
El mensaje de paz que tiene su origen en Jesús es tanto más esperado cuanto que se constata, en Francia como en el resto de Occidente, una inquietante polarización, un declive de la fraternidad, de la cordialidad y de la calidad de la vida social, así como un recrudecimiento de la violencia, las desigualdades y la pobreza.
Fomentar comunidades dinámicas de jóvenes
No perder de vista a los jóvenes, subraya de nuevo León, que tienen sed de conocer a Jesús.
Es importante que os preocupéis por acompañar esta gracia, en particular acogiendo a los jóvenes en comunidades dinámicas, que practiquen la caridad y vivan la solidaridad; y a través de una sólida enseñanza doctrinal arraigada en la Palabra de Dios, que les permita hacer frente a las objeciones y las dudas.
No renunciar al proyecto educativo centrado en Cristo
El Papa presta especial atención al aspecto educativo, crucial para formar nuevas generaciones capaces de vivir una apertura fecunda a la multiculturalidad y, al mismo tiempo, capaces de valorar plenamente el depósitofideiheredado. De ahí la precisión:
Es positivo que los centros de enseñanza católicos estén ampliamente abiertos a quienes no comparten nuestra fe. Esta acogida generosa y respetuosa con la libertad de conciencia de cada uno promete una gran fecundidad para todos, para la sociedad y para la propia Iglesia. Sin embargo, la enseñanza católica no puede, en modo alguno, renunciar a su propio proyecto educativo, un proyecto centrado en Cristo que tiene como objetivo el desarrollo integral de la persona humana en todas sus dimensiones: espiritual, cultural, intelectual, moral y social.
Fuente: Vatican News
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