El Pontífice presidió la oración y homenaje a la Virgen de la Almudena en la catedral madrileña, donde evocó la historia de la patrona de Madrid para invitar a los fieles a reconstruir la esperanza y fortalecer la unidad frente a los desafíos del mundo actual.
Sebastián Sansón Ferrari – Ciudad del Vaticano
En un clima de profunda devoción mariana, el Papa León XIV presidió este lunes 8 de junio de 2026 por la tarde la oración y homenaje a la Virgen de la Almudena en la Catedral de Santa María la Real de la Almudena, en Madrid. Ante numerosos fieles y autoridades eclesiásticas, en el marco del tercer día de su Viaje Apostólico a España, el Pontífice dirigió un mensaje centrado en la esperanza, la fe y la necesidad de superar las divisiones y temores que afectan a la sociedad contemporánea.
Las palabras del Pontífice fueron precedidas por un canto de bienvenida, un saludo del Cardenal José Cobo Cano, arzobispo de Madrid, la oración y la lectura del Evangelio.
Al inicio de su homilía, el Santo Padre agradeció la acogida de don José y destacó la importancia espiritual de la Virgen de la Almudena para el pueblo madrileño. Recordó que la patrona de Madrid ha acompañado durante siglos la vida de los creyentes y ha sido signo de protección y unidad en momentos difíciles de la historia.
León XIV evocó especialmente el episodio histórico en el que la imagen mariana fue escondida dentro de la muralla de la ciudad para protegerla durante tiempos de persecución religiosa. Según la tradición, la talla permaneció oculta durante años hasta ser hallada intacta tras el derrumbe de un tramo del muro.
"Fue gracias a una muralla demolida que se produjo el reencuentro de la Madre con su pueblo. Y este hecho es providencial, porque señala el camino que Jesús, a través de su Madre Santísima, nos invita a recorrer", agregó el Papa, quien explicó: "En un primer momento, una muralla que cae provoca ruido, caos, desorden; pero también abre espacios, restaura posibilidades e impulsa restablecimientos".
El Pontífice utilizó esta imagen como símbolo para reflexionar sobre los desafíos actuales. "En nuestras sociedades actuales siguen existiendo aún muchas murallas que no protegen, sino que dividen, alejan y aíslan", afirmó. También acotó que a veces, "al pensar en que derribarlas supone tener que enfrentar lo que no nos gusta, preferimos la comodidad de sólo apuntalarlas y, más frecuentemente, de ignorarlas".
No obstante, el mensaje de Nuestra Señora de la Almudena, con su presencia y la seguridad de su protección, es otro:
“Para edificar algo nuevo, hermoso y duradero hay que estar dispuestos a destruir los muros, porque para reemprender la ruta son necesarios espacios que nos permitan vislumbrar el horizonte.”
Por ello, convencidos de que el Señor camina con su Pueblo santo, escucha sus temores y acoge con solicitud todos sus esfuerzos de bien, el Obispo de Roma exhortó a todos "a no desfallecer en vuestro testimonio de fe, para contemplar el designio de amor del Padre; de caridad, para uniros como una única familia de hermanos y hermanas; y de esperanza, para sosteneros en vuestra acción en el mundo".
Además, deseó que "con el ejemplo y la intercesión de Santa María la Real de la Almudena, la Virgen del Magníficat que sigue proclamando la grandeza del Señor y exultando en Dios su Salvador, Él custodie y fortalezca vuestro amor a Jesús y a la Iglesia, de modo que podáis ser constructores de vínculos que restauren el lenguaje universal de la comunión, el amor fraterno y la concordia". Y haciendo suyas algunas palabras del himno dedicado a ella, encomendó a todos al potente auxilio de su maternal amor:
Santa María de la Almudena,
Virgen y Madre del Redentor,
Reina del Cielo, Madre de Amor,
bajo tu manto, Virgen sencilla
buscan tus hijos la protección,
Madre amorosa, Templo de Dios,
ampáranos Señora y ayúdanos a ser
constructores de paz y reconciliación.
Posteriormente, el Pontífice depositó la Rosa de Oro y rezó junto a la asamblea antes de impartir la Bendición Apostólica. Para este momento tan especial, se quitó la peana que hay normalmente a los pies de la Virgen, en su camarín, y se instaló una nueva columna con un centro de plata.
La Rosa de Oro es una distinción pontificia de carácter extraordinario que los Papas conceden, de manera excepcional, a determinadas advocaciones marianas como signo de especial veneración y reconocimiento espiritual.
Este honor fue instituido en 1049 por el Papa León IX, antecesor en el nombre del actual Pontífice. En sus primeros siglos, además de otorgarse a imágenes de la Virgen, también era concedido a figuras destacadas por su defensa de la fe católica. Entre ellas estuvo la reina Isabel II, gran devota de la Virgen de la Almudena y donante de uno de sus mantos, quien recibió esta distinción en 1868.
Con la concesión a la Virgen de la Almudena, ya serán cuatro las advocaciones marianas españolas distinguidas con la Rosa de Oro, junto a la Virgen de la Cabeza de Jaén (2009), la Virgen de Montserrat (2023) y la Esperanza Macarena de Sevilla (2024).
Fuente: Vatican News
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