Durante la homilía pronunciada en la celebración de las Vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y seminaristas, en la catedral de París, el Papa elogia la reconstrucción de la iglesia, cuyo techo fue destruido por un incendio en abril de 2019, como una oportunidad de encuentro «más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial». El Pontífice invita a «desenmascarar» las «relaciones de poder injustas» y a custodiar «la justicia y la paz».
Daniele Piccini – Ciudad del Vaticano
Las imágenes de aquellas llamas que devoraban el techo de la catedral de Notre-Dame, en París, dejaron, en aquel abril de 2019, «al mundo entero con el corazón en vilo». Infligieron un dolor en el corazón de todos, no solo de los católicos o «de los creyentes». Y, sin embargo, precisamente aquel «espantoso incendio» obligó a «levantar la mirada al cielo», descubriendo que compartíamos el mismo corazón, la misma civilización, una historia común. En la homilía, pronunciada en francés durante la celebración de las Vísperas con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y seminaristas, León XIV recuerda, esta tarde del 25 de septiembre, precisamente bajo las bóvedas de la iglesia símbolo de la ciudad de París, que «lo imprevisible» obliga a menudo al ser humano a reconocer su propia «insuficiencia».
La adoración de la Santa Corona de espinas
Después del baño de multitudes por las calles de la capital, recorridas en papamóvil mientras saludaba y bendecía, el Papa llega ante el atrio de este milagro de la arquitectura, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1991. Atraviesa en papamóvil dos compactas filas de unos 5.000 fieles. El Pontífice recompensa las muchas horas de espera y recorre varias veces las masas reunidas en el atrio para saludar a todos. El sol que ilumina la fachada de Notre-Dame, sobre el fondo de un cielo azul, crea una imagen digna de un cuadro: undéjà-vuque parece transportarnos al otro lado del Sena, a las obras maestras del Musée d’Orsay, y recuerda que el impresionismo, la pinturaen plein air, nació aquí.
En el primer día de su viaje apostólico a Francia, puntualmente, pocos minutos antes de las 17:00, el Papa cruza el umbral de la catedral, besa el crucifijo y bendice a los fieles con ramas de olivo. Pasa por la capilla de San Jorge y después venera de rodillas la Santa Corona de espinas, que ciñó la cabeza de Cristo durante su pasión. La historia cuenta que fue adquirida en 1238 por el rey de Francia Luis IX, futuro san Luis. Después se recoge en oración ante un relicario de la Santa Corona, que el Pontífice tiene el privilegio de besar. Posteriormente se detiene en la capilla ecuménica, mientras el órgano de Notre-Dame, obra del siglo XIX de Aristide Cavaillé-Coll, muestra toda su potencia sonora.
La restauración, modelo de comunidad
El «desconcierto» provocado por un incendio que destruyó la cubierta y la aguja, provocando el derrumbe de algunas de las bóvedas inferiores, solo pudo ser reelaborado y superado juntos, como comunidad, subraya el Papa en su homilía. Así lo demuestra precisamente la restauración de uno de los templos góticos más célebres del mundo, construido entre 1163 y mediados del siglo XIII.
“La participación coral en la reconstrucción y ahora el esplendor del resultado revelan que aquí late el corazón de un pueblo, que nos encontramos en el centro vital de una civilización, que pasado y futuro se abrazan, que cielo y tierra se encuentran.”
De este modo se ha devuelto «a los miles de hermanos y hermanas que llegan aquí desde todo el mundo» la integridad de «una belleza que habla a nuestro corazón inquieto y lo llama a la paz». Al mismo tiempo, añade el Pontífice, se ha reconocido implícitamente la capacidad de «cada visitante» de «dejarse regenerar por aquello que ve, escucha y experimenta».
“Las Instituciones —públicas, eclesiales y privadas— implicadas en la restauración de Notre-Dame, con su contribución específica, han contribuido así a reactivar los caminos culturales, existenciales y espirituales que la Catedral abre ante nosotros.”
Acogida y participación, carismas de una Iglesia misionera
Lo demostrado durante la reconstrucción de la catedral y posteriormente también con la inauguración de un «itinerario pastoral de primer anuncio e iniciación cristiana al alcance de todos» —iniciativa por la que el Papa agradece al arzobispo metropolitano de París, monseñor Laurent Ulrich— puede repetirse y contribuir a abrir la Iglesia a aquella «conversión misionera», orientada hacia la «salida», que propugna la exhortación apostólicaEvangelii gaudiumdel papa Francisco.
“La reconstrucción de la Catedral ha sido ocasión de un encuentro que ha ampliado los espacios de la acogida y de la participación más allá de las fronteras de la pertenencia eclesial. Queridos obispos, presbíteros, diáconos, personas consagradas y seminaristas de Francia: ¡dejaos inspirar por lo que aquí ha sucedido!”
Una comunidad viva que sale hacia las periferias
El Papa invita a no temer la «complejidad». Tampoco Dios lo hizo, recuerda, al enviar a su Hijo —como puso de manifiesto la Carta a los Gálatas, proclamada durante las Vísperas— «a un mundo ya habitado, ya en movimiento, ya marcado por las miserias y la bondad de los seres humanos».
Aquí reside, añade León XIV, la fuerza de una «Iglesia viva» capaz de «acoger la periferia», al «lejano que en realidad está cerca», al «extranjero en el que Cristo ya está llamando a la puerta». Precisamente esto es lo que desea el Pontífice: una Iglesia «viva, multiforme y cercana», capaz de «valorar con confianza la presencia misionera de los fieles laicos», auténtica «avanzadilla viviente de la Iglesia en las encrucijadas del mundo cotidiano».
“La comunidad cristiana no se constituye como un enclave en el que replegarse para defenderse de su tiempo. Se ofrece, por el contrario, como las antiguas catedrales, como espacio de acogida, de respeto, de revelación y de sentido para todos.”
Liturgia y oración, alimento de la misión
El Sucesor de Pedro exhorta, «por otra parte», a no perder el sabor en este enfoque acogedor, orientado inclusivamente hacia el otro. «Este templo», reafirma, fue erigido para la oración, la alabanza de Dios y la celebración de la Eucaristía. Esta es la riqueza que los católicos tienen para ofrecer al mundo contemporáneo.
“Hoy más que nunca nos enfrentamos a un tiempo que parece carecer de plenitud, de profundidad, de promesas. La noble sencillez del canto, de la palabra y del gesto litúrgico puede representar para muchos una abertura, un oasis de paz en una sociedad hiperconectada y ruidosa.”
El Obispo de Roma recomienda ofrecer a todos este patrimonio y exhorta a participar fielmente en la «celebración del año litúrgico», que nos hace cada vez más «contemporáneos de Cristo», haciéndonos más sensibles y «abiertos a los signos de los tiempos».
“La escucha comunitaria de las Escrituras y la oración nos capacitan, en efecto, para contemplar los acontecimientos históricos a la luz de Dios, haciéndonos más conscientes de nuestras responsabilidades, para desenmascarar las relaciones de poder injustas y custodiar los brotes de justicia y de paz. Es entonces la esperanza la que nos mueve y no la resignación. Y es de ahí de donde nacen vínculos de mayor fraternidad, redes de solidaridad.”
Es fundamental, por tanto, que las celebraciones litúrgicas sean «vividas con dignidad y decoro», añade el Papa, quien sugiere a obispos, presbíteros, diáconos y personas consagradas «cultivar un auténtico amor por la liturgia».
León XIV los exhorta a no «descuidar nunca aquella amistad querida por el Señor» y a cultivar la «oración personal», esa relación con Dios que es fundamento de toda vocación. Es de esta «relación íntima con el Señor» de donde la «misión» recibe su alimento imprescindible, capaz de nutrir la acogida y el cuidado del otro.
“En el corazón de la ciudad, la Catedral abierta es signo de una comunidad que alaba al Señor y que vive la hospitalidad no como un gesto ocasional, sino como la forma misma de su existencia, de modo que todos puedan sentirse en casa, sin verse ya oprimidos ni marginados en un mundo que cambia.”
Renacer como Notre-Dame
La propia restauración de la catedral —reabierta al culto en diciembre de 2024— es un símbolo de renacimiento al que el Papa invita a la comunidad eclesial local a conformarse en su actividad pastoral.
“Esta catedral ha renacido para que vosotros podáis renacer con ella en un impulso de santidad y de misión cotidiana. Sed, en medio de vuestro pueblo, la expresión clara de la maternidad divina de la Iglesia que, dando testimonio del amor de Dios, recompone y sana a la familia humana.”
Finalmente, el Papa deja una indicación a la Iglesia de Francia: levantar los ojos al cielo, ya no en dirección a la destrucción causada por las llamas, sino hacia la estatua medieval de la Virgen con el Niño, que ni siquiera el incendio pudo dañar y que «hoy vuelve a brillar ante nosotros».
Cerca de 50.000 personas al servicio del Evangelio
En su discurso de bienvenida, el arzobispo metropolitano de París, monseñor Laurent Ulrich, recuerda el compromiso con la evangelización de sacerdotes y diáconos, religiosos y religiosas, consagrados y consagradas, seminaristas y de cuantos acaban de comenzar el año de formación espiritual con sus formadores.
«Se trata de unas cuarenta y cinco mil personas en Francia; obviamente, ¡no están todas aquí! Otras se encontrarán con usted en Lourdes y en Metz, el domingo y el lunes. Pero todas están en comunión. Llevan el peso de cada jornada dedicando sus fuerzas al servicio del anuncio del Evangelio, se entregan a las comunidades que el Señor reúne, buscan llegar a quienes están en camino hacia el Señor y rezan por todos. Saben —concluye el arzobispo— que el mundo es siempre paradójico: finge no estar interesado y, sin embargo, tiene sed de palabras verdaderas, de amor fraterno y de la paz que viene de Dios».
Fuente: Vatican News
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