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«Jesús no nos vino a explicar lo que es el dolor, vino a llenarlo con su presencia»

«Jesús no nos vino a explicar lo que es el dolor, vino a llenarlo con su presencia»

El horror de la cruz y el dolor del amor rechazado

En este Viernes Santo, Mons. Mazzitelli nos exhortó a no apartar la mirada frente a la crueldad y el ensañamiento del mal, manteniendo nuestros ojos fijos en aquel que ha sido traspasado. Contemplar el horror de una de las muertes más denigrantes de la época debe rescatarnos de una fe vivida en la inercia y el acostumbramiento, actitudes que inevitablemente nos arrastran a la mediocridad.

El prelado subrayó que el dolor más agudo de Jesús no provino de sus heridas físicas o de las humillaciones recibidas, sino de su corazón oprimido en Getsemaní al ver el amor rechazado y al cargar voluntariamente con el pecado del mundo. Lejos de esquivar la mirada o de endilgarle la culpa a la multitud del pasado, el misterio de la cruz nos exige el coraje de asumir nuestra propia responsabilidad, permitiendo que la compasión nos conduzca a una sincera conversión.

Amados hasta el extremo: el «te quiero» de Dios

Más allá de la crudeza del padecimiento, la homilía ofreció una clave luminosa para nuestra fe. Es verdad que Cristo murió por nuestros pecados, pero antes de eso, «sufrió y murió porque nos amó».

Citando el Evangelio de Juan, el obispo recordó que Jesús, sabiendo que había llegado su hora, a los suyos que quedaban en el mundo «los amó hasta el fin». Es en el madero donde debemos escuchar ese profundo «te quiero» de Dios pronunciado sobre nuestras propias vidas, una invitación directa a descubrirnos inmensamente amados por el Padre y salvados por su misericordia.

El misterio del dolor llenado con su presencia

Frente a las realidades hirientes de hoy, Mons. Mazzitelli compartió el desgarrador testimonio de una familia que le pidió oración: un padre que, junto a 500 compañeros, se quedó sin trabajo, enfrentando al mismo tiempo la enfermedad de su hija. Ante estas heridas y la inevitable pregunta humana del porqué, la respuesta de la fe es clara: el mal y el dolor son un misterio, y Jesús no vino a darnos explicaciones sobre el sufrimiento, sino a llenarlo con su presencia.

Para los creyentes, unir nuestros propios padecimientos a los de Cristo permite que estos sean transfigurados. Lo que a los ojos del mundo es un completo fracaso, en la fe se convierte en el prólogo de la última palabra de Dios: la vida del Resucitado.

Adoración y compromiso solidario

El camino de Jesús hacia la cruz no es una captura, sino una entrega libre en obediencia filial; Él no es puesto en la cruz, sino que «se sube» a ella para revelar su gloria y abrirnos las puertas hacia el misterio mismo de la Trinidad. En este peregrinar no estamos solos, pues nos acompaña la mirada compasiva de la Madre Dolorosa, verdadera escuela de fe.

Frente a la inmensidad de un amor que nos desborda, las palabras resultan insuficientes. Por eso, concluyó Mons. Mazzitelli, acudimos a la poesía de los gestos, como el beso a la cruz. Esta adoración no debe quedar en un acto vacío, sino que se hace «compromiso en el seguimiento del Señor en el camino de la cruz, en la solidaridad con los hermanos y en la esperanza de vivir siempre con Él».

Créditos de fotos: Morena Corvalán

Acción litúrgica de la Pasión del Señor

3 de abril de 2026

Homilía

Queridos hermanos, contemplamos en este viernes santo el misterio del Señor crucificado, nuestra miradas se aúnan viendo al que ha sido traspasado. Si bien nuestra fe canta la victoria de la vida sobre la muerte, no llegamos a ella si no es por el camino de Cruz.

El profeta Isaías señala al Servidor que se entrega libremente al sufrimiento y a la muerte, sustituyendo a la humanidad impotente para expiar sus pecados. En recompensa de su entrega por amor y solidaridad, Dios lo exalta. Esta profecía se cumple en el misterio Pascual de Jesús.

El camino del Servidor revela el sufrimiento de quien ha sido despojado de todo, causando horror a los que lo miraban porque estaba tan desfigurado que su aspecto no era el de un hombre y su apariencia no era más la de un ser humano.

Hoy queridos hermanos hacemos silencio sin apartar nuestra mirada frente a la crueldad que denuncia el ensañamiento en el mal. Hoy emerge somo sentimiento el horror de una muerte que en la época era la mas denigrante, la más humillante. Contemplar la Cruz nos rescata de una fe vivida en la inercia, el acostumbramiento que conduce a la mediocridad.

El sufrimiento más profundo que tiene Jesús no son sus heridas sangrantes, las humillaciones recibidas, es el dolor de ver el amor rechazado, el corazón oprimido en el Getsemaní no es por lo que le esperaba, sino el sufrimiento por el pecado del mundo, que él sin conocer el pecado, cargó sobre sí.

¿Qué sentimientos nos despierta mirar al Crucificado? Es el espanto por tanto sufrimiento indudablemente,  pero ¿por qué tanto sufrimiento? Por vos hermano, por nosotros, por todos los hombres, por la humanidad entera. Es un acto redentor, nos rescata del pecado, nos abre el camino de un perdón que restaura nuestra relación con Dios. “Cristo murió una vez por nuestros pecados -siendo justo, padeció por los injustos- para llevarnos a Dios” (Pd 3, 18).

Frente al misterio de la Cruz, tengamos el coraje de reconocer nuestra responsabilidad, de ponernos frente a ella en verdad, no temamos a ponerle nombre a nuestro pecado,  porque allí mismo brota la vida nueva que nos ha procurado con su sacrificio. Con dolor nos reconocemos responsables de su sufrimiento y muerte, no esquivemos nuestra mirada hoy, no endilguemos la responsabilidad a esa multitud en el pasado que vociferaba pidiendo su muerte, preguntémonos cuanto la compasión que nos despierta el horror de la cruz nos lleva a la conversión.

Sin embargo queridos hermanos, tomemos conciencia que antes que morir por nuestros pecados, sufrió y murió por que nos amó. “Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17).

De manera solemne el evangelista Juan nos da la clave de interpretación de todo el camino que el Señor decide soberanamente asumir, “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). En la Cruz del Señor escuchemos ese te quiero de Dios sobre nuestra vidas, allí esta la posibilidad del don de la conversión.

Si nos conmueve ver al rostro desfigurado en la Cruz que se hace belleza en la compasión, no podemos dejar de contemplar en la realidad tantos rostros marcados por el dolor, atravesando un sufrimiento que con corazón creyente no deja de preguntarse el porqué de lo que les toca vivir. También mirar nuestro propios sufrimientos, heridas en la vida que incluso no terminan de sanar. Unamos nuestros sufrimientos a los de Cristo para que en él sean transfigurados al ser ofrecidos para bien de los otros, no se trata tanto de buscar una explicación al dolor y sufrimiento, es creer que Jesús vino a llenarlo con su presencia

Jesús es el que elige caminar en la obediencia filial, no lo capturan, el se entrega, no es juzgado, él es el juez, no pretende una realeza porque él es Rey, en todo su peregrinar revela su señorío, porque la hora que ha llegado es la revelación de su gloria. El silencio elocuente de la Cruz, no es lo último; lo que a los ojos del mundo es fracaso, en la fe es el prólogo de la última palabra de Dios que es la vida del Resucitado.

Jesús volviendo al Padre penetró en el cielo pero no vuelve solo, nos abrió el camino para ir con él. Es aquí hasta donde llega el amor de Jesús por nosotros, ese “nos amó hasta el extremo” no queda manifestado en la cruz, sino en el llevarnos al corazón del Padre para que participemos de la gloria, esa es nuestra esperanza

Agradecido por la revelación de un amor que nos desborda, seamos testigos de la Misericordia, del perdón y la reconcilian que brota de la Cruz.

No alcanzan las palabras para expresar lo que significan los sentimientos de deseos de conversión, sufrimiento redentor, compasión, esperanza, gratitud y todos aquellos que emergen en nuestro corazón hoy; pero así como los místicos recurren a la poesía para decir lo que no se puede decir de Dios en su inefabilidad, nosotros hoy podamos expresarlos con un gesto,  con el beso a la Cruz, adoración que se hace compromiso en el seguimiento del Señor en el camino de la cruz y en la solidaridad con los hermanos.

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