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Evangelio del miércoles 27 de mayo: el camino del servicio

Evangelio del miércoles 27 de mayo: el camino del servicio

Mientras los discípulos discuten por los primeros puestos, Jesús les revela la lógica invertida del Reino de Dios.

En esta octava semana del Tiempo Ordinario, la liturgia nos invita a caminar junto a Jesús en su subida a Jerusalén. No es un viaje turístico ni una marcha triunfal, sino el tramo final de su misión terrena. El ambiente que nos describe el evangelista san Marcos es denso, cargado de una extraña mezcla de determinación por parte de Jesús y de desconcierto y miedo entre quienes lo siguen. Es en este clima de tensión donde el Señor decide, una vez más, abrir su corazón y revelar el misterio que está a punto de acontecer: el misterio de la Cruz y la Resurrección.

Este camino hacia Jerusalén es también nuestro camino de fe. Un recorrido lleno de expectativas, pero también de temores e incomprensiones. A menudo, como los discípulos, caminamos cerca de Jesús, pero con el corazón lejos de su lógica. Escuchamos sus palabras, pero las filtramos a través de nuestras propias ambiciones y deseos. El Evangelio de hoy nos interpela directamente, invitándonos a revisar qué lugar buscamos ocupar en nuestro seguimiento del Señor.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (10, 32-45)

En aquel tiempo, los discípulos estaban subiendo por el camino hacia Jerusalén y Jesús iba delante de ellos; ellos estaban sorprendidos y los que lo seguían tenían miedo. Él tomó aparte otra vez a los Doce y empezó a decirles lo que le iba a suceder: «Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará». Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Contestaron: «Podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado». Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, llamándolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».

¿Qué lugar buscamos en el Reino?

Resulta casi desconcertante el contraste que nos presenta el Evangelio. Por un lado, Jesús anuncia con una crudeza sobrecogedora los detalles de su Pasión: entrega, condena, burlas, azotes y muerte. Por otro, casi sin transición, Santiago y Juan se acercan con una petición que revela su total incomprensión. Piden los puestos de honor, los lugares de poder en la «gloria» que imaginan. Siguen pensando en un reino terrenal, en un Mesías político que repartirá cargos y privilegios.

La pregunta de Jesús es penetrante: «No sabéis lo que pedís». No saben que la gloria de la que habla Jesús no se alcanza a través de la influencia o el prestigio, sino a través del «cáliz» del sufrimiento y el «bautismo» de la entrega total. La gloria de Dios se manifiesta en la cruz. Pedir un lugar junto a Él en su gloria es, en realidad, pedir compartir su destino de entrega y sacrificio. Su respuesta afirmativa, «Podemos», aunque valiente, nace más de la ignorancia que de una fe madura. Aún no comprenden el precio del discipulado.

Y nosotros, ¿qué le pedimos a Jesús? Quizás nuestras peticiones no son tan explícitas como las de los hijos de Zebedeo, pero ¿cuántas veces nuestra oración esconde un deseo de éxito, de reconocimiento, de comodidad? ¿Cuántas veces le pedimos que nos libre de las dificultades en lugar de pedirle la fuerza para atravesarlas con fe? Este pasaje nos invita a un profundo examen de conciencia sobre nuestras verdaderas motivaciones al seguir a Cristo.

La revolución del servicio: «No será así entre vosotros»

La indignación de los otros diez discípulos no los hace mejores. Al contrario, su enojo demuestra que comparten la misma ambición que Santiago y Juan; simplemente, les molesta que otros se les hayan adelantado. Esta disputa por el poder es el detonante para que Jesús exponga una de las enseñanzas más revolucionarias de todo el Evangelio. Traza una línea divisoria clara entre la lógica del mundo y la lógica del Reino.

En el mundo, los jefes «tiranizan» y los grandes «oprimen». El poder se ejerce desde arriba, dominando a los demás. Jesús es tajante: «No será así entre vosotros». La comunidad cristiana debe ser una anti-estructura de poder, un lugar donde la grandeza se mide por la capacidad de servir. El que quiera ser grande, que sea servidor. El que quiera ser el primero, que se haga esclavo de todos. Es una inversión total de los valores humanos.

Ser servidor no significa adoptar una actitud pasiva o servil, sino poner activamente nuestros dones y talentos al servicio de los demás, especialmente de los más necesitados. Significa buscar el bien del otro antes que el propio, agacharse para lavar los pies, como hizo el Maestro en la Última Cena. Es una vocación que se vive en lo concreto: en la paciencia con un familiar, en la escucha atenta a un amigo que sufre, en la honestidad en el trabajo, en el compromiso desinteresado en nuestra parroquia o comunidad. Ahí es donde se juega nuestra verdadera grandeza.

Jesús no solo enseña esta verdad, sino que la encarna. Él es el Siervo por excelencia: «Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos». Su vida entera es un acto de servicio que culmina en la entrega total en la cruz. Seguirlo es, por tanto, entrar en esta misma dinámica de amor servicial que da vida al mundo.

Hoy, el Señor nos pregunta a cada uno: ¿estás dispuesto a beber mi cáliz? ¿Estás dispuesto a dejar de lado la búsqueda de tu propio prestigio para convertirte en servidor de tus hermanos? La respuesta a esa pregunta define la autenticidad de nuestro camino hacia Jerusalén.

Señor Jesús, que no viniste a ser servido sino a servir, arranca de nuestro corazón toda ambición de poder y de prestigio. Danos un corazón humilde y generoso, capaz de encontrar la alegría en el servicio a los demás. Que, siguiendo tu ejemplo, aprendamos a ser los últimos para ser los primeros en tu Reino. Amén.

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