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Evangelio del 30 de mayo: ¿Con qué autoridad haces esto?

Evangelio del 30 de mayo: ¿Con qué autoridad haces esto?

Jesús desafía a las autoridades religiosas con una pregunta que expone su falta de fe y su miedo a la verdad del Evangelio.

Llegamos al final de la semana, en este sábado de la octava semana del Tiempo Ordinario, y la liturgia nos sitúa de nuevo en Jerusalén. El ambiente está cargado de tensión. Jesús no es un desconocido que pasea por el Templo; sus acciones recientes, especialmente la purificación del Templo, han sacudido los cimientos del poder religioso. Es en este contexto que los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, la élite que gobierna la vida espiritual de Israel, se acercan a Él. No vienen con un corazón abierto para aprender, sino con una exigencia: quieren una credencial, un título, un sello que valide sus obras. La pregunta que le lanzan, «¿Con qué autoridad haces esto?», no es una búsqueda sincera de la verdad, sino un desafío directo a su identidad y misión.

La escena que nos presenta el evangelista san Marcos es una clase magistral de sabiduría divina. Jesús, en lugar de presentar un currículum de milagros o un linaje celestial, les devuelve la pregunta. Los pone frente a su propia incoherencia y su propio miedo. Les pregunta por Juan el Bautista, el profeta que todos respetaban y que preparó su camino. Al hacerlo, Jesús no evade la respuesta, sino que los obliga a examinar su propio corazón y su capacidad para reconocer la acción de Dios en su historia reciente. La autoridad de Jesús no se demuestra con papeles, sino que se revela en sus obras y se acoge con la fe, la misma fe que ellos se negaron a tener en el profeta Juan.

El Evangelio según san Marcos 11, 27-33

Escuchemos con atención el pasaje que la Iglesia nos propone para meditar en este día, donde la tensión entre la autoridad divina y el poder humano se hace palpable:

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras este paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?». Jesús les replicó: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme». Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?”. Pero ¿cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta). Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

La trampa del «no sé» que esconde un «no quiero»

La respuesta de las autoridades es reveladora: «No sabemos». Este «no sé» no nace de la ignorancia, sino del cálculo y del miedo. Es una respuesta diplomática para salir del apuro, para no quedar mal ni con Jesús ni con el pueblo. Saben perfectamente que si reconocen la autoridad divina de Juan, se verán obligados a reconocer también la de Jesús, a quien Juan anunció. Y si la niegan, se enfrentarán a la furia de la gente que sí creía en el Bautista. Su dilema los paraliza. Eligen la neutralidad cobarde, el silencio cómplice, la ambigüedad que les permite mantener su estatus sin comprometerse con la verdad.

¿Cuántas veces en nuestra vida nos encontramos en una encrucijada similar? Quizás no ante los sumos sacerdotes, pero sí ante las exigencias del Evangelio en lo cotidiano. Cuando la Palabra de Dios nos pregunta por nuestra honestidad en el trabajo, por nuestra capacidad de perdonar a quien nos ha ofendido, por nuestra generosidad con el necesitado. A veces, nuestra respuesta interior es un calculado «no sabemos». No es que no sepamos qué es lo correcto, sino que no queremos asumir las consecuencias de hacerlo. Preferimos la comodidad de la duda a la exigencia de la fe. El Evangelio de hoy nos invita a ser valientes, a llamar a las cosas por su nombre y a responder a Dios no con cálculos, sino con un corazón sincero, aunque nos cueste.

¿Y tú, con qué autoridad vives?

La pregunta de los fariseos resuena también para nosotros hoy. No para que se la hagamos a Jesús, cuya autoridad reconocemos por la fe, sino para que nos la hagamos a nosotros mismos. ¿Con qué autoridad vivimos nuestra vida? ¿Qué o quién nos da el poder para tomar nuestras decisiones, para amar, para trabajar, para educar a nuestros hijos? ¿Actuamos movidos por la autoridad del ego, del qué dirán, del éxito social, del dinero? ¿O nuestra vida se fundamenta en una autoridad más profunda, la que nace de sabernos hijos de Dios?

Vivir con la autoridad de Cristo no significa ser autoritarios, sino ser auténticos. Significa que nuestras palabras y nuestras acciones tienen un peso, una coherencia, porque brotan de una fuente de amor y verdad. Es la autoridad del padre o la madre que corrige con ternura, del amigo que aconseja con lealtad, del profesional que trabaja con justicia. Es una autoridad que no se impone, sino que sirve y da vida. Jesús no les responde directamente porque su autoridad no es un título que se pueda exhibir, sino una vida que se entrega. Pidamos hoy la gracia de que nuestra vida sea un reflejo, humilde pero real, de esa misma autoridad que viene del Cielo.

Al final de esta reflexión, nos quedamos con la invitación a abrir el corazón para reconocer la presencia y la acción de Dios en nuestra vida. No necesitamos pruebas extraordinarias ni demostraciones de poder. La autoridad de Jesús se manifiesta en la sencillez de su Palabra, en el amor hecho gesto concreto y en la paz que regala a quienes confían en Él. Que nuestra respuesta no sea un «no sé» temeroso, sino un «sí» confiado y valiente.

Señor Jesús, que a menudo me encuentro calculando mis respuestas ante ti, temeroso de lo que tu verdad me pueda exigir. Dame la gracia de un corazón sencillo y valiente como el del pueblo que reconoció a tus profetas. Que no busque justificaciones para mi falta de fe, sino que aprenda a reconocer tu autoridad en el amor de cada día y a vivir mi vida con la coherencia de quien se sabe amado y enviado por ti. Amén.

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