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Evangelio del 28 de mayo: Velad y orad conmigo en Getsemaní

Evangelio del 28 de mayo: Velad y orad conmigo en Getsemaní

En el huerto de Getsemaní, Jesús nos revela su humanidad más profunda y nos enseña el camino de la entrega a la voluntad de Dios.

Avanzamos en la octava semana del Tiempo Ordinario, un período litúrgico que nos invita a caminar con Jesús en la normalidad de la vida. Sin embargo, la liturgia de hoy nos saca de lo cotidiano para sumergirnos en uno de los momentos más íntimos y dramáticos de la vida de Cristo: su oración en el huerto de Getsemaní. Este pasaje no es solo el preludio de la Pasión, sino una profunda catequesis sobre cómo enfrentar nuestras propias noches oscuras, nuestras angustias y el combate interior entre nuestra voluntad y la de Dios.

El Evangelio nos transporta a ese jardín de olivos, un lugar que fue testigo de la soledad, el miedo y la entrega total de Jesús. Allí, el Hijo de Dios se muestra en su humanidad más vulnerable, invitando a sus amigos más cercanos —y a nosotros con ellos— a acompañarlo en su hora más difícil. Es una invitación a velar, a permanecer despiertos y a unir nuestra oración a la suya, reconociendo que, sin la ayuda del Padre, nuestra debilidad puede vencernos.

La lectura del santo Evangelio según san Mateo nos relata este momento crucial:

Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». (Mateo 26, 36-42)

¿Qué nos enseña la angustia de Jesús?

Lo primero que impacta del relato de Getsemaní es la cruda humanidad de Jesús. Él, el Verbo hecho carne, «empezó a sentir tristeza y angustia». Su confesión, «Mi alma está triste hasta la muerte», nos revela un Dios que no es ajeno al sufrimiento humano. No es un superhéroe impasible, sino alguien que siente en lo más profundo el peso del dolor que se avecina. Esta vulnerabilidad es una puerta de entrada para nosotros. Cuando experimentamos soledad, miedo o una tristeza que parece abrumadora, podemos mirar a Jesús en el huerto y saber que Él comprende perfectamente lo que sentimos.

Su angustia no es un signo de falta de fe, sino la reacción natural ante el sufrimiento inminente. Jesús no esconde su dolor ni lo reprime; lo nombra y lo comparte con sus amigos más íntimos. Nos enseña que la fe no consiste en no tener miedo, sino en llevar ese miedo a la presencia del Padre. En nuestras propias vidas, a menudo intentamos ocultar nuestra fragilidad, aparentar fortaleza o huir del dolor. Jesús nos muestra un camino diferente: reconocer nuestra debilidad, compartirla con una comunidad cercana y, sobre todo, presentarla a Dios en la oración.

«Velad y orad»: una invitación para nuestra vida diaria

La petición de Jesús a Pedro, Santiago y Juan es directa: «velad conmigo». Sin embargo, los encuentra dormidos. El sueño de los discípulos es un símbolo poderoso de nuestra propia somnolencia espiritual. ¿Cuántas veces Jesús nos invita a acompañarlo en la oración, en el servicio al prójimo o en la vigilia ante las injusticias del mundo, y nos encuentra distraídos, cansados o indiferentes? El cansancio de los apóstoles es comprensible, pero representa esa incapacidad de permanecer al lado del Señor cuando las cosas se ponen difíciles.

La advertencia de Jesús es para ellos y para nosotros: «Velad y orad para no caer en la tentación». La tentación no es solo pecar, sino también la de la desesperanza, la de creer que estamos solos, la de abandonar el camino cuando se vuelve empinado. Jesús conoce nuestra condición: «el espíritu está pronto, pero la carne es débil». Reconoce nuestras buenas intenciones, pero también nuestra fragilidad. Por eso, la oración no es una opción, sino una necesidad vital. Es el combustible que mantiene despierto nuestro espíritu y fortalece nuestra carne débil para que pueda seguir la voluntad de Dios. ¿En qué áreas de tu vida necesitas «velar y orar» más atentamente para no caer?

«Hágase tu voluntad»: la oración que lo cambia todo

El núcleo de la oración de Jesús en Getsemaní es el diálogo sincero y profundo con su Padre. Primero, expresa su deseo más humano: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz». Es la petición de quien no quiere sufrir. Pero inmediatamente, somete su voluntad a un amor más grande: «Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Esta segunda parte de la oración es la que transforma la angustia en entrega y el miedo en confianza.

Decir «hágase tu voluntad» no es un acto de resignación pasiva, como si dijéramos «no hay más remedio». Es un acto de fe activa y de amor profundo. Es confiar en que el plan de Dios, aunque a veces sea incomprensible y doloroso, es un plan de salvación y de vida. Esta oración es el antídoto contra nuestro egoísmo y nuestra necesidad de controlarlo todo. Nos invita a soltar las riendas y a confiar en que el Padre sabe lo que es mejor. En nuestra vida, esta oración puede ser la más difícil de pronunciar, especialmente ante una enfermedad, una pérdida o una injusticia. Pero, como Jesús, es en esa entrega donde encontramos la paz y la fuerza para beber el cáliz que la vida nos presenta.

El Evangelio de hoy nos invita a entrar en nuestro propio Getsemaní, en esos lugares de nuestra alma donde sentimos tristeza y angustia. Allí, Jesús nos espera para enseñarnos a orar, a ser honestos con Dios y a confiar en su voluntad. Nos llama a velar, a no dejarnos vencer por el sueño de la indiferencia, y a encontrar en la oración la fortaleza para seguirlo hasta el final.

Señor Jesús, que en el huerto de Getsemaní nos enseñaste el camino de la oración sincera y la confianza plena en el Padre, concédenos la gracia de velar contigo en nuestras noches. Danos la fuerza para presentar ante Ti nuestras angustias y el valor para decir siempre, desde el corazón: «Hágase tu voluntad y no la mía». Amén.

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