Con la Solemnidad de Pentecostés, la Iglesia celebra su nacimiento y nos invita a ser testigos de la paz que solo Cristo da.
Hoy, 24 de mayo de 2026, la Iglesia universal se viste de rojo para celebrar una de sus fiestas más importantes: la Solemnidad de Pentecostés. Con esta celebración culmina el gozoso Tiempo Pascual, los cincuenta días que iniciamos en la Vigilia de la Resurrección. Pentecostés no es simplemente un recuerdo de algo que ocurrió hace dos mil años; es la actualización del don que da origen y sostiene a la Iglesia: la venida del Espíritu Santo. Es el cumpleaños de la Iglesia, el momento en que los apóstoles, transformados por el fuego divino, salen a anunciar la Buena Noticia sin miedo.
El Evangelio que la liturgia nos propone, tomado de San Juan, nos sitúa en un momento de profunda intimidad y significado. No estamos en el Cenáculo con el estruendo y las lenguas de fuego que narra el libro de los Hechos de los Apóstoles, sino en la misma tarde del día de la Resurrección. Es un Pentecostés joánico, más sereno pero igualmente poderoso, donde Jesús Resucitado se hace presente en medio de la comunidad temerosa para entregarle sus dones más preciados: la paz, la alegría y el Espíritu para la misión.
El pasaje de Juan 20, 19-23 nos relata este encuentro transformador:
Al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor a los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
¿Qué significan esas puertas cerradas?
El evangelista Juan es muy preciso en los detalles. Los discípulos están encerrados «por temor». Es una imagen poderosa que refleja un estado del alma. El miedo los paraliza, los aísla del mundo y de la esperanza. Han visto al Maestro morir de la forma más cruel y ahora temen correr la misma suerte. Esas puertas cerradas son el símbolo de nuestros propios miedos: el miedo al futuro, al fracaso, al qué dirán, a la soledad, a no ser capaces. Son las barreras que construimos para protegernos, pero que terminan por asfixiarnos y nos impiden vivir en plenitud.
Y es precisamente ahí, en medio de ese encierro y de esa oscuridad, donde Jesús se hace presente. No toca la puerta, no pide permiso. Simplemente «se puso en medio de ellos». Su presencia rompe cualquier cerrojo. Esto nos enseña algo fundamental: no hay miedo, pecado o situación de encierro que pueda impedir que el Señor Resucitado venga a nuestro encuentro. Él no espera a que seamos valientes o a que tengamos todo en orden para manifestarse; viene a buscarnos en nuestra fragilidad.
La paz y la misión: los regalos del Espíritu
Las primeras palabras de Jesús no son un reproche por haberlo abandonado, sino un regalo: «¡La paz esté con ustedes!». No es una paz cualquiera, no es la simple ausencia de conflictos. Es el «Shalom» bíblico, una paz que es plenitud, armonía, reconciliación con Dios, con los demás y con uno mismo. Para que no duden, les muestra las manos y el costado, las huellas de su entrega por amor. Esas heridas, que fueron motivo de escándalo y dolor, son ahora la fuente de la paz y la prueba irrefutable de su victoria sobre la muerte.
Inmediatamente después de darles la paz, Jesús les encomienda una misión: «Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». La paz recibida no es para guardarla egoístamente en el encierro. Es una paz que impulsa a salir, a abrir las puertas. El miedo los había encerrado; el encuentro con Cristo los convierte en misioneros. Es un envío que nos implica a cada uno de nosotros. Por nuestro bautismo, también somos enviados a llevar esa misma paz al mundo, a nuestros hogares, a nuestros lugares de trabajo, a una sociedad a menudo rota por la división y la violencia.
El soplo de una nueva creación
El gesto central de este pasaje es de una densidad teológica inmensa: Jesús «sopló sobre ellos». Este soplo nos remite directamente al libro del Génesis, cuando Dios sopló sobre el hombre de barro y le infundió el aliento de vida. Lo que Jesús hace es una nueva creación. Con su Espíritu, nos recrea, nos da una vida nueva, la vida de hijos de Dios capaces de amar y perdonar como Él.
Y este Espíritu se da con un propósito claro: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen». La misión fundamental de la Iglesia, nacida en Pentecostés, es ser instrumento de la misericordia de Dios. El perdón es la máxima expresión de la paz que Cristo nos ha ganado en la Cruz. Hoy, el Señor nos invita a ser portadores de esa reconciliación. ¿Hay alguien a quien necesites perdonar? ¿Hay algún rencor que te mantiene con las «puertas cerradas»? Pentecostés es la oportunidad para dejar que el soplo del Espíritu Santo derribe esos muros y nos haga capaces de perdonar y pedir perdón.
La Solemnidad de Pentecostés nos recuerda que no estamos solos en nuestra fe ni en nuestra misión. El mismo Espíritu que descendió sobre los apóstoles es el que hoy nos anima, nos ilumina y nos fortalece. Pidámosle que venga sobre nosotros, que abra las puertas de nuestros miedos y nos impulse a ser testigos valientes de la paz y la misericordia del Señor Resucitado en el corazón del mundo.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor, tu Espíritu, y todo será creado, y renovarás la faz de la tierra. Amén.
(Reflexión basada en el Calendario litúrgico argentino 2026)
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